Los árboles murmuraban, sus ramas se mecían entre sueños de colores, se abrían paso a mí alrededor. Y sumergida en una mágica serenidad, sentada en una piedra de mil ilusiones, observe que entre la oscuridad tan mansa del cielo, salpicado sutilmente con gotas plateadas, la luna se encontraba completa: su lado claro se mostraba cómplice, sonriendo para mi.
Un suave y misterioso aroma traía consigo la fresca brisa de una noche de verano. Traía también una canción, un susurro que conmovía mi alma, dulce melodía que brincaba entre los destellos que iluminaban algunos rincones de mi corazón.
De repente y por un momento todo enmudeció. La suave brisa fue convirtiéndose en un zumbido brusco.
Poco a poco mi alrededor fue tiñéndose de oscuridad.
Una gran sombra abrazaba mi tembloroso y entonces, frío cuerpo. Un manto helado oprimía mi pecho, con fin de querer oír aquél grito sordo, que nunca estalló.
Intente alzar mi vista hacia mi única esperanza que brillaba intensa en aquél cielo profundo, pero la neblina que crecía en mi mente no me lo permitía.
Aquel manto bordado en congoja dejaba en mí un sabor amargo, la miel de la angustia. Y algún fantasma de la noche soplaba mi nuca, una fría electricidad recorrió mi cuerpo, mi piel empalideció.
Entonces sucedió, en aquella inmensa soledad, entre tiniebla y oscuridad, entre amargura y frialdad… un destello de luna rozó mis mejillas, ilumino la única gota de esperanza que nacía de lo mas profundo de mí, rodó por mi rostro y murió en la tierra, donde lo que moría era un nuevo comienzo.
El paisaje se ilumino lentamente, muy lentamente. Y ahora podía contemplarlo, ahora el paisaje de aquella noche resplandecía en destellos violetas.
La algarabía de alguna mariposa batiendo sus alas al compás de los latidos de mi corazón, me transmitía cierta libertad.
Y nuevamente lo pude percibir: aquella melodía que humedeció mis ojos y no dejaría de sonar… y ese perfume que acompañaba mis pensamientos, me rodeo aliviando el pesar, me abrazo abrigándome, me contenía con delicadeza.
Y allí me quede contemplando a ojos cerrados en aquel claro, con esa brisa refrescando mi rostro, con aquella canción traída desde lejos, bajo aquella luz de luna clara, con tu perfume violeta acariciando mi piel, y que aún perdura…